martes, 17 de julio de 2007

El oráculo anuncia


¡Alicia ha hablado! Las asambleístas o Asamblea de mujeres, se puede encontrar bajo estos dos títulos la misma obra de Aristófanes. Sí, nuestra profe de Griego insiste en difundir la cultura del Hélade y recomienda no olvidar la anterior propuesta por si alguien consigue un ejemplar durante las vacaciones. Se mantiene la fecha, 7 de septiembre de 2007, y el lugar todavía está sin decidir.
Recomiendo apuntarse aquí, basta con pinchar en comentarios y poner el nombre, eso sí, ya saben que sólo pueden asistir los magallanistas o exmagallanistas, ok?
He intentado buscar la obra en internet, hay otros títulos de este autor en diferentes bibliotecas virtuales, incluso en otros idiomas, pero ésta no la he encontrado, si alguien lo hace ya sabe que lo puede notificar aquí.
¡La lectura promete!

domingo, 1 de julio de 2007

Rayos gamma


¡Ya están aquí las vacaciones! Teníamos tarea marcada, Alexis Zorba de Nikos Katzantzakis, pero está difícil conseguir el libro en nuestro territorio, por lo que Alicia está pensando en otro título alternativo. Cuando se decida y me lo comunique lo tendremos aquí, así que atentos antes de salir de viaje, entrad y echad un visitazo por si ya está colgado, ok?
¡Felices vacaciones!

jueves, 28 de junio de 2007



La mesa limón
Julian Barnes
Anagrama (Panorama de narrativas)
Barcelona
2004

Aunque compré el libro al inicio del verano no lo leí hasta el final del mismo. Comencé el primer párrafo unas cuantas veces, uff y ya saben, cuando eso ocurre uno no para de mirar el número de páginas. Comencé el primer cuento unas cuantas veces pero fue sólo en la peluquería donde pude concluirlo. Al terminar el segundo cuento no lograba entender qué relación tenían estos dos con la sinopsis de la contraportada, así que había que seguir avanzando.
Con Merril y Janice se me hizo más llevadera la cita de la ITV de mi viejo Ford Fiesta. En la cola de entrada de la fila una, bajo un calor extraordinario, estas chicas de oro me abdujeron tanto que el muchacho se acercó a mi ventanilla para pedirme que adelantara mi coche, cosa que hice, pero el sobresalto había sido tal que cuando me pidió que pisara el freno yo hundí mi pie en el acelerador, por suerte no había ninguna marcha puesta y, suavemente , de nuevo por la ventanilla izquierda, me preguntó si estaba nerviosa, a lo que yo respondí:-“No, es que no cojo nunca este coche”-, seré estúpida, ¡cómo si el freno se colocara en lugares distintos en todos los coches! Ataviada con la personalidad de las heroínas del cuento, continué sin triunfo, pero muy digna, mi recorrido por la nave.
Al día siguiente bajé a Santa Cruz para llevar el mp3 de Ismael al técnico, comprar unos repuestos para la plancha de mi madre y buscar una pieza para la lámpara de mi dormitorio que es prácticamente nueva y se acaba de romper. Siempre me ha preocupado el hecho de que compramos, mejor dicho, tiramos en exceso, ¡la de cosas que se pueden reciclar o reutilizar por el bien de la higiene mundial!
El reestreno me recordó a Don Perlimplin con Belisa en su jardín de Lorca que plantea, igual que aquí, el amor intergeneracional, pero también me recordó mi objetivo veraniego incumplido estío tras estío: leer a los rusos; y la casualidad (saber francés) hermosa y extraordinaria de haberme encontrado en Barcelona, sobre un banco, el primer tomo de Guerra y Paz.
Volví a sentirme en la piel del culto, homosexual y melómano protagonista de vigilancia, y no pude sino recordar el concierto de Chavela Vargas y las también gays-fans de las filas de delante que no paraban de sacar fotos con el móvil acompañadas de los ruidos propios de los primeros aparatejos con estas características.
Corteza describe como podemos dejar de ser felices cuando nos obsesionamos. Supura este relato una extraña tristeza que emerge de objetivos ridículos que nos ayudan a ilusionarnos y a seguir vivos. Comamos cortezas con apetito, el que le falta a mi suegra desde que le diagnosticaron, y no lo sabe, alzheimer. ¡La comprendo, yo me moriría sin la posibilidad de mis recuerdos y sin mi apetito!
Morboso y divertido es la jaula para frutas, aquí no tengo anécdota propia que se le asemeje, salvo la convicción ideológica de la necesidad de aprender a respetar la libertad individual incluso en el matrimonio.
Silencio nos cuenta la historia de un bartebly musical. La nada nos espera. Lo dicho: cortezas, muchas cortezas.


Magnolia Medina
La Gramola
Santa Cruz , 8 de septiembre de 2006


El capitán Alatriste
Arturo y Carlota Pérez –Reverte
Punto de Lectura-Santillana
Madrid
2006

El poético apodo del capitán insinúa la idea de un valiente sin remedio que esconde un lado tierno, casi poético, que no vemos desvelado nunca en la narración, excepto cuando Iñigo lo alerta del peligro con un disparo y lo ayuda a salir de la emboscada planeada por fray Bocanegra. De resto, las medias palabras del capitán, tamizadas por el idealismo del narrador, resultan insuficientes para perfilar la personalidad del alicaído soldado.
Ante tantas descripciones de reyertas, ante tanta espada va espada viene, las escasas disertaciones ayudan a mantener la esperanza de que el relato va a valer la pena. Esas ínsulas reflexivas que me entusiasman y exaltan porque tras la aparente crítica de la vida en los Siglos de Oro español y del Barroco en particular, existe ese extraño vínculo que marca la historia entre acontecimientos lejanos que manifiestan la dificultad de evitar el pasado a pesar de conocerlo, así esa España en crisis en manos de un monarca “pasmado” y un valido belicoso que quiso combatir la corrupción con la propia corrupción, es un interesante reflejo del continuo histórico que demuestra que aparatos de Estado nunca fueron buenos, llámense monarquías absolutas o parlamentarias.
Magnificas las apariciones estelares de los grandes literatos del momento. El bravucón de Quevedo que pese a sus propios defectos no deja de burlase de la joroba de Alarcón. Sin duda no es desmedida su fama ni la de Lope, pero echo en falta en el relato unos “minutos de gloria” para Góngora, que ha estado y seguirá estándolo, a la sombra de sus enemigos, cuando fue el más vanguardista de todos. No parece interesarle a nuestro autor la visión hermética del cordobés, ni las verdaderas disputas literarias del momento, en las que se intentaban dilucidar si lo importante era lo natural o, como dijo Gracián, la agudeza o arte de ingenio.
Porque fue el siglo de las disputas, de las discusiones, de los atrevimientos, donde el honor y la valentía se demostraban con la espada o la pluma; porque fue un siglo, el Barroco, de extremos y vehementes combates; porque representa la caída de un imperio que quiere sostener la fe cristiana como unidad política y hace frente, a pecho descubierto, a los insurrectos luteranos. Ante esto, y porque es de naturaleza débil como la mía dejarse llevar por ensoñaciones de lo que pudo haber sido y no fue, siempre me pregunto que habría sido de nosotros si nos hubiésemos vestido todos de negro, qué hubiese sido de nosotros si hubiésemos empezado a hablar en la intimidad con Dios en lugar de vivir para colgar el estandarte del valor y el honor en el balcón.

Magnolia Medina
La Vara – Los Naranjeros
Viernes 6 de octubre de 2006
El libro de las ilusiones
Paul Auster
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Anagrama (Compactos)
Barcelona
2006

De Raymond Griffith a la Parada de los monstruos:
todo lo que se hace se deshace.

De la duda de vivir a la certeza de tener que hacerlo. Este es el itinerario que marcan las palabras de la historia que celebramos esta noche. En esta ruta de la supervivencia el prozac se llama ficción. Una vez más, un libro que habla de otros libros y de otras variedades de la imaginación, que se transforman en balsa y bálsamo para traspasar el dolor. Una vez más, la búsqueda y el reencuentro con la felicidad perdida que parecían alejarse en la auténtica realidad, ¿auténtica, dije? No, no hay más sueño que el sueño del sueño, y así, un espejo tras otro (Borges). Creer que se cree, creer que es verdad, se convierte en la única terapia que puede aliviar el desasosiego, porque esta religión del lector que busca en las historias, no sólo pasar el rato, sino también descargas de emociones, han devuelto a nuestros aburridos tiempos el amor por lo inútil.
Paul Auster en una exhibición del dominio del tiempo narrativo inicia la historia con un in media res y la rocía de flash back(s) intermitentes que maceran la intriga. Así comienza el relato en 1988, año en el que publica el libro sobre Hector Mann, pero lo cierto es que lo hace desde el futuro, ya han transcurrido 11 años. Tres meses después de la publicación del libro recibe la carta de Frieda Spelling, y usa ese pretexto para contarnos cómo murió su familia, otro salto en el tiempo, ahora a 1985, concretamente el día 7 de junio y el verano que concluye con una carcajada frente a una película de Hector Mann. Se suceden otros saltos vertiginosos que relatan las historias paralelas de los personajes que van apareciendo para desembocar en la tesis que avala el libro entero: la muerte de Hector Mann no fue natural (pag. 336) y tal vez existen copias escondidas de las películas quemadas después de que falleciera. Así el protagonista y narrador (primera persona), a través de un particular estilo directo (no usa guiones que marquen el diálogo), nos va presentando un conglomerado de secuencias que hablan, junto con las descripciones de las películas mudas, de una pasión: el cine.
Las tramoyas, hemos visto, son espectaculares. El elenco de actores variopinto y excéntrico, personajes fabulosos que se han impuesto un castigo, no dejar huella. Esto es, desde mi punto de vista, el motor de la historia. Ese deseo por destruir lo creado habla de una idea concreta del arte, una visión práctica y terapéutica que no debe sobre-valorarse (tal y como dijo en su discurso en la entrega de los premios Principe de Asturias). Hector Mann sufre, al final de sus días, la crisis de los bartlebys (pag. 75) motivo, según el narrador, por el que Frieda necesita destruirlo todo, y frente a ella, Alma, la esencia de la esperanza de que todo puede volver a resurgir.

Magnolia Medina
Viernes 17 de noviembre de 2006
Los ahumados casa Juan – La Matanza

miércoles, 27 de junio de 2007



Sin noticias de Gurb
Eduardo Mendoza
Seix Barral
Barcelona
2006


DE BARCELONA AL INFINITO

17:05 Siempre me pasa igual, dejo todo para el último momento, y eso que hace una semana que terminé de leer el libro. Desde que llegué a este planeta (Magallanes), ya hace cinco años, no he recibido noticias de la nave nodriza (Consejería), por más que le envio papeles no hay manera de acercarme a mi destino, y eso que todavía no tengo uno. Recibo mensajes que me piden situación actual, pero no sirve de nada, después de enviar los datos, otra vez silencio interestelar. 16º con intervalos nubosos, viento del nordeste a este de flojo a moderado, el estado de la mar es de marejada y rizada en la costa del suroeste.
17:24 En este planeta (Educación) hay unos seres extraños y un alto porcentaje que padece desequilibrios emocionales. Dicen que el estrés del maestro o profesor (las dos formas sirven para designar a los seres con vida ¿inteligente? de este planeta, aunque hay algunos que se enfadan si los llamas maestro y te reprehenden y recuerdan que es un licenciado. Esto no lo entiendo mucho, la verdad, creo que la diferencia estriba en la cantidad de años que pasas en un lugar que llaman universidad); pues como iba diciendo, para estos seres el estrés se debe a que están mal pagados, aunque la verdad, desde que llegué supe que era la profesión con la que quería darme forma corpórea ya que es el gremio que goza de mayor cantidad de tiempo libre, pero parece ser que es insuficiente lo que cobran para lo peligroso que se ha vuelto el trabajo. La violencia en la escuela es una de las preocupaciones del momento, por eso mi vecina que vive sola con su hijo, ha decidido mandarlo a un colegio privado porque allí no van ni delincuentes ni inmigrantes.
17:50 Gurb acaba de aparecer transmutado en Antonia (mi madre) y me recrimina que estoy tardando mucho y que no nos va a dar tiempo de ir a La Laguna. Cierto. Así soy yo, no sé decir que no, porque quién me ha mandado a mi a liarme con estos comentarios para la tertulia. Como dice una amiga mía que conocí cuando llegué al planeta, eso me pasa por vanidosa. Yo podría hacer mi ficha de lectura y dejarme de estas lindeses pseudoliterarias con las que empalago al personal, pero oye, le he cogido gusto, y yo cuando le cojo gusto a algo…es lo que tiene este cuerpo que elegí.
18:10 A Eduardo Mendoza le encanta recorrer Barcelona en sus libros. Y a mí me encanta que le encante, porque por razones que no vienen al caso citar ahora, es la ciudad que más he visitado. La mención de la preciosa calle Petrixol me puso triste, el libro te saca una carcajada tras otra, sin embargo me vino a la memoria la excelente persona que nos llevó por primera vez a merendar a un legendario local de esa rua, famoso por sus chocolates y ensaimadas. Igual era él otro visitante del espacio exterior ya que no he conocido a nadie tan bondadoso como él.
18:15 Estos cuerpos son algo defectuosos, se ve que no pasaron las pruebas necesarias, a veces me salen unas gotitas por los ojos que tengo que limpiar rápidamente pues temo que provoquen algún cortocircuitos o algo por el estilo. Los guiños de humor de la narración precipitan la lectura pero están tan contextualizados los datos que utiliza que le restan universalidad, ya que futuros lectores o incluso lectores extranjeros actuales, seguramente necesitarían de un buen cuerpo crítico para entender los guiños. No le ocurre así a Wenceslao Fernández Florez en su mítico El malvado Carabel, porque aunque también hace un recorrido por la ciudad, en este caso Madrid, sus pinceladas de humor son más intergalácticas. Lo mismo ocurre con Mihura, Jardiel Poncela, o Tono, son los grandes de la vanguardia humorística, aquella que ha quedado sepultada por la seriedad de los acontecimientos políticos que los acompañaron, pero que abrieron a las letras españolas un camino que en la actualidad, para mí, está representado por el peruano Iwasaqui (Libro de mal amor y su última novela Helarte de amar). No es el libro que nos ocupa, en mi opinión, merecedor de tan alto mérito aunque sí su autor que comenzó su carrera por estas veredas. Claro que para amar la literatura humorística y no verla como simple entretenimiento, es necesario compartir la idea de Edgar Neville (otro de los grandes) de que “el humor es la manera de entenderse entre sí las personas civilizadas”.

Magnolia Medina
El sifón - S/C de Tenerife
Viernes 15 de Diciembre de 2006


El síndrome de Gramsci
Bernard Noël
Traducción de Guy Rochel
Ediciones Canarias
Taller de traducción literaria
Canarias
1998
…Puntos suspensivos…
En este libro de múltiples interpretaciones, lo único que nos queda claro es que el interlocutor es una mujer. No sabemos si se trata de una psicoterapeuta o la receptora de una carta, como haría el homónimo histórico con el que se da titulo a la novela, aunque si fuera así, se trataría de un fragmento, ya que el relato se inicia y termina con puntos suspensivos, tal vez el más novedosos de los acontecimientos narrativos que podemos encontrar en este intenso y profuso monólogo interior, y digo interior porque no sabemos si la receptora está o no presente. Creo que la interpretación debe ir por ese camino ya que este relato me parece un ejemplo de la idea que acabó con el imperante estructuralismo durante el siglo XX, o lo perpetúo: el deconstruccionismo. Si el autor hubiese querido plasmar una estructura perfecta, no hubiese usado nunca los puntos suspensivos al principio ni al final, porque sólo este uso se sustenta si se cree en el lenguaje y en el pensamiento como una cadena infinita que no tiene una delimitada estructura, así lo creía Derrida, así creo que lo cree Bernard Noël. Todo acto de lenguaje depende de otros actos de lenguaje, toda palabra depende de muchas otras que están presentes y ausentes en los textos. Todo pensamiento incluye un antecedente y un precedente, es un binomio infinito que se enrosca hasta formar un agujero negro que todo lo engulle. Así estas palabras no son más que un fragmento de una obra superior que intentan reflejar un fragmento del pensamiento. Volvemos al inicio, ¿qué fue primero la palabra o el pensamiento? ¿Hay pensamiento sin palabras? ¿Todo responde a un orden o estructura predeterminada? ¿Se alcanza el conocimiento a través del lenguaje? (Decía Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi pensamiento”.)
Se empecina el narrador (usemos ese término literario para esta primera persona más cercana al ensayo que a la ficción), en aprehender la realidad, sus pensamientos y encontrar a través de la palabra la cura y solución para su mal, su enfermedad. Esto suena a psicoterapia, buscar mediante la palabra el mecanismo cerebral que nos ayude a encontrar el cambio, porque nuestro doliente héroe menciona unos hechos sucedidos en una colina a los pies de una escultura de un tal P. que no conocemos, y que promete contar pero no cuenta, recreando el momento en el que padece amnesia (de una palabra) que le provoca un pavoroso miedo y descontrol, teme no ser capaz de amarrar sus pensamientos porque si no hay control de las palabras no hay control sobre las ideas aunque siga habiendo raciocinio. Peor aún, sin código no hay realidad, no hay pasado, no hay recuerdos, ¿acaso alguien puede nombrar lo evocado sin lenguaje? Todo esto nos acerca a la peor de las enfermedades, la incomunicación; o peor aún, a hablar por hablar sin llegar a poder decir lo que necesitamos contar, y es ya, dicen, una pandemia.
Magnolia Medina
Viernes 19 de Enero de 2007
La marmita - La Laguna